Miramos y vemos

Este espacio pretende rendir tributo a esas películas que nos han marcado en algún momento de nuestra vida, porque nuestro ADN, al igual que la mítica estatuilla de "El Halcón Maltés", está hecho del material del que están hechos los sueños… en "ocho y medio".

EL TERCER HOMBRE

Director: Carol Reed

Intérpretes: Joseph Cotten, Alida Valli, Orson Welles, Trevor Howard

Música: Anton Karas

 

Cuando el reputado novelista inglés Graham Greene escribió “El Tercer Hombre”, convertida con el tiempo en un clásico de la novela negra, tuvo en su mente todo el tiempo que pudiera convertirse en una película; en una BUENA película.

 

Todo empezó por una sugerencia durante una cena con el prestigioso productor Zoltan Korda, quien le pidió al escritor un guión  para que lo realizase el director británico Carol Reed, con quien ya había colaborado en una magnífica película que tuvo una excelente acogida de crítica y público, “El ídolo caído”.

 

Greene, hacía mucho tiempo, escribió en la solapa de un sobre un párrafo que imaginó sería un buen comienzo para un relato de intriga: “Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos”. Eso era todo. Eso fue lo único que se le ocurrió al escritor ofrecer al productor, que deseaba mostrar en una película a la Viena ocupada por las cuatro potencias vencedoras en la II Guerra Mundial. Pero ese manuscrito, ese demoledor arranque argumental, excitó la curiosidad de Korda, quien rogó a Greene, literalmente, que “siguiera las huellas de Harry”.

 

A Greene eso le supuso sus buenos quebraderos de cabeza, porque estaba decidido a no elaborar guión alguno que no tuviera como soporte una novela previamente escrita. ¿Cómo ligar un argumento de intriga, la personalidad de ese Harry resucitado, con los avatares políticos de una Viena administrada por cuatro intereses que, más que colaborar entre ellos, lo que presumiblemente intentaban era sacar la mayor tajada posible del pastel? Los elementos de la trama eran complejísimos. Una crisis monumental de valores, tras una contienda que ha destruido no sólo los bienes materiales sino la base moral y ética que debe sustentar una Sociedad. La descomunal miseria derivada de la situación, el estado de incertidumbre y desesperanza en la vida, la ausencia de perspectivas de futuro... todo ello figuraba en la película que quería hacer Korda, en la Viena real de aquellos momentos y en la Europa que se reponía de las heridas de la contienda. Desesperantemente complejo para una trama. Pero a Greene le encajaron las piezas del “puzzle” tras un recorrido por las alcantarillas de la capital austríaca. Aquella era otra Viena, una zona de nadie subterránea, incontrolada, donde los agentes de las cuatro potencias podían circular libremente, de un sector a otro, sin trabas administrativas de pasaportes, visados, seguimientos, sospechas...

 

Greene tenía su novela y su guión. Viajó por la Viena tan recientemente devastada por la guerra y comprobó cómo el control por parte de Norteamérica, Rusia, Francia e Inglaterra, por turnos mensuales, propiciaba un caos humano y administrativo, valedor de las más bajas ambiciones en un terreno abonado para la corrupción más salvaje. De esta manera, el ambiente reflejado en el film es el que correspondía, históricamente, al tiempo de su filmación, al momento real que estaba viviendo Europa, como maltrecha Ave Fénix intentando resurgir dolorosamente de las cenizas.

 

Pero la película no hubiera pasado a la historia más que como un correcto film de espionaje e intriga, de no haber concurrido una serie de azarosas circunstancias que terminaron por conferirle la categoría de obra maestra que ostenta para siempre, una de esas piezas perfectas e irrepetibles que el séptimo arte es capaz de dar, de vez en cuando.

 

Por ejemplo, la elección de Orson Welles para el papel de Harry Lime (de entrada, “Lime” quiere decir en inglés “cal”, en fúnebre alusión a la cal viva en la que enterraban en Inglaterra a los ahorcados) no pudo ser más acertada. Son tres sus apariciones en el film. La primera, a ras de calle, en una súbitamente emergiendo de las sombras; la segunda, en la célebre Noria del Prater, en cuya cumbre mantiene la esclarecedora conversación con su amigo; y la tercera y última, huyendo por las alcantarillas. Cada una de sus intervenciones, en su ubicación precisa (la calle, el nivel humano; la noria, su situación triunfante; y las alcantarillas, su hundimiento), son otras tantas metáforas del apogeo y caída del ambicioso sin escrúpulos, del ser envilecido e insensible que parece renunciar a su humanidad y que la manifiesta trágicamente, a pesar suyo, en el momento de la derrota. Algunos diálogos se le deben enteramente al genio de Orson, como el mantenido en la famosísima secuencia de la noria, prodigio de mordacidad e ironía desencantada sobre la naturaleza humana (“¿Qué es lo que obtuvo la Italia de los Borgia, de los envenenamientos, de los crímenes e intrigas?... El Renacimiento, Leonardo y Rafael. ¿Y que ha obtenido la civilizada Suiza tras siglos de orden, de paz y neutralidad?: El reloj de Cuco.”). Y las malas lenguas jugaron durante un tiempo con la leyenda de que era suya la dirección de la inmortal secuencia de las alcantarillas, con ese ritmo agobiante y opresivo que corta el aliento.

 

Pero la obra se redondea con la inclusión de la música irrepetible y sorprendente de un genio único en la historia: Anton Karas. Fue descubierto por pura casualidad por Carol Reed, cuando el director entró en un café de Viena y oyó una increíble melodía que inundaba el local, obra de un músico ambulante que tocaba un extraño instrumento de cuerda, la cítara, ganándose la vida con las exiguas propinillas que conseguía. “El Tercer Hombre” no habría sido igual sin la música de Anton Karas, un solo hombre, un solo instrumento, y una de las melodías más famosas y pegadizas de todos los tiempos (el “Tema de Harry Lime”, precisamente) asociada para siempre con una ciudad, una época y una circunstancia históricas que son en conjunto una triste y pesimista parábola de la condición humana.

 

(Fabián Rodríguez, escritor y crítico de cine)

 

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